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El Diego y el barro de las pasiones

JORGE DURAN/AFP via Getty Images

El Diego ya no está y seguirá estando siempre. Cosas de la eternidad, esa invención de los seres humanos para ampararse de la contingencia y de las insuficiencias mundanas. Al igual que los mitos con sus héroes, sobre todo los sacudidos por el quebranto, que son los héroes más auténticos, tal como nos lo enseñó la tragedia griega clásica, aquellos en los que late el claroscuro dramático de la humanidad. No reconocer el valor existencial de esas invenciones es estar ciego al sentido de la realidad como mundo de vida. Ciertamente, la palabra “invención” puede interpretarse como algo que no es cierto, algo falso; pero también expresa la idea de una creación, un núcleo de significación cultural cuyo valor excede los meros gestos de condena o absolución.

El aura del Diego está hecha no sólo de su indiscutible arte deportivo, sino también de la potencia disruptiva de su plebeyismo, de su picardía confrontativa, de su enérgica incorrección. Pero es además un aura hecha del barro de las pasiones, de los tormentos del cuerpo y los abismos del alma. Un aura que divide, no apta para la modélica reverencia ni para los purismos acorazados. Inagotable fuente de apologías y rechazos, la muerte del Diego ha acelerado las partículas de los afectos, los reaccionarismos y el tembladeral de los pensamientos ilustrados. Más allá de tantas vestiduras rasgadas y tantas diatribas moralizantes, su sombra terrible debería alentar no el escándalo de las mentes espabiladas trepadas a sus carros de guerra, sino a la aceptación de una figura que nos interpela desde sus ascensos y caídas.

Hace muchos años, cuando trabajaba como periodista gráfico escribí una semblanza del Pelusa, que titulé “Queremos tanto a Diego”. No he podido encontrar ese texto, pero sí recuerdo que hacía pie en una toma de posición, la misma que sostengo hasta ahora: interpretar a Maradona como signo, como artefacto cultural encarnado en una vida contradictoria poblada de momentos de gloria y agonía, una vida que nos pone a vivir nuestra experiencia del pibe de Fiorito, del barrilete cósmico, del D10S. El Diego es una pasión y, como todas las pasiones, se la vive o se la ausculta a partir de una voluntad de indagación liberada de dogmatismos, algo que deberían saber muy bien quienes trabajan en los campos de las ciencias sociales y humanidades.

Un ídolo no es la “culpa” de un pueblo, es la manifestación pasional de las creencias y valores de una comunidad, cuyo sentido proviene tanto del magnetismo de su persona como de las coordenadas socioculturales, históricas y políticas. Un ídolo es primero alguien que es un ser humano y luego alguien que asciende a los humores de la identificación colectiva, aunque ambas dimensiones terminan fundiéndose en el fervor masivo. Un ídolo como persona y fenómeno cultural es hijo de su época, y esa condición epocal no puede ser desechada como si una vara absoluta de evaluación atravesara los tiempos y lugares.

Hace poco Pedro Almodóvar repudiaba ciertos excesos del correccionismo político que descarga sus amonestaciones sobre realizadores cinematográficos como Alfred Hitchcock, entre otros:

“”… cuando estaba en plena gira americana con Dolor y gloria vi que en un cine de Los Ángeles cancelaron un ciclo de Hitchcock por gente que protestaba por la conducta de Hitchcock con sus damas, y a mí eso me parece escandaloso, y creo que no están hablando de cine. No se puede revisar ni El último tango en París, ni a Sam Peckinpah, ni a Hitchcock de acuerdo con la ideología del nuevo feminismo. Es injusto con el cine. ¿Que Sam Peckinpah era un misógino? Pues claro, yo ya lo sabía, muy misógino, ¿me gustan menos sus películas? No. Ahí está la eterna confusión del artista y la obra. Hitchcock ahora no hubiera sobrevivido, hubiera tenido serios problemas para estrenar Los pájaros y estoy en desacuerdo. El talento es una cosa y la corrección con las personas otra. Pero no solo por eso, sino porque las épocas no son las mismas. (…) No hay que caer en la tentación de juzgarlos desde una mentalidad militante feminista. No es justo con las obras de arte.”

Cierto que el maestro manchego no menciona a la siempre incómoda Leni Riefenstahl (un probable ejemplo de estética sin ética), ni mucho menos a Roman Polanski ni al devaluado Woody Allen, pero sus observaciones pueden aplicarse también al arte indudable del Diego. En todo caso, el fenómeno Maradona es una invitación espinosa al ejercicio de la inteligencia que no soslaya las pasiones, no una inyección de virulencia para las inteligentzias aprisionadas en las cárceles de sus iluminadas certezas.

Y entre todas las miserias intelectuales que ha hecho aflorar el último viaje del Diego, una que merece particular rechazo es la soberbia de aquellos varones supuestamente deconstruidos, insuflados de afanes emancipatorios, puestos a dictarles a las mujeres cómo ser feministas con respecto a la cuestión Maradona, un asunto que sólo es pertinente y legítimo como debate hacia el interior de la diversidad de los feminismos. La voluntad emancipatoria no puede ser lineal ni regirse por el blandir del dedo índice admonitorio.

Todas estas cosas se me ocurren en medio del amasijo de tristeza y cuestionamientos que me deja con su partida el Diego, a quien sigo queriendo mucho, con todo su arte y su desaforada vida.

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