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Que chúmbale, que el alerón, que chécale

A días de la resolución del Consejo Superior de la U.N.T. que dispuso por unanimidad que el Gymnasium Universitario sea mixto y las inscripciones para el ingreso de mujeres sea habilitado para el año 2018, Ataulfo Ramiro hace un repaso por algunos interrogantes en torno a la noticia.

Y, ¿qué tengo que decirle a la Universidad como artículo primero, como función esencial de su vida en esta Cuba nueva? Le tengo que decir que se pinte de negro, que se pinte de mulato, no sólo entre los alumnos, sino también entre los profesores; que se pinte de obrero y de campesino, que se pinte de pueblo, porque la Universidad no es el patrimonio de nadie (…) y la Universidad debe ser flexible, pintarse de negro, de mulato, de obrero, de campesino, o quedarse sin puertas, y el pueblo la romperá y él pintará la Universidad con los colores que le parezca.” Ernesto Guevara en su Discurso al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Central de las Villas, Cuba, el 28 de diciembre de 1959. 

Frondosos debates han ocupado las redes y bares, charlas y encuentros. Lo cierto es que el tema de la habilitación de la inscripción mixta en el Gymnasium entró en la agenda de discusión (de una parte) de la sociedad tucumana, haciendo eco y rebote en los medios masivos de la provincia.

He aquí la primera cuestión, pues la noticia por sí sola no genera nada en tanto no se la amplifique o se disponga de los medios para ello.

Como ordenador discursivo, en torno de deberes éticos y morales, el debate preocupó en tanto los saldos que ha dejado visibilizan, por una parte, una fachada craquelada en la que asoman los instalados y cimentados discursos de la cultura, nuestra cultura, de la que afloran la discriminación, la xenofobia, el machismo, los tradicionalismos ; que suponen, en realidad,  las puntas de ese ovillo enorme e indescifrable que llamamos “sistema” patriarcal capitalista.

Por otro lado, un cúmulo de opiniones dentro de una misma colectora que oscilaban entre argumentos psicoanalíticos, pasando por los legalistas hasta la conformación de un grupo de egresados a favor del ingreso de mujeres en pos de los valores democráticos de la institución.

Dejo afuera adrede a los distintos colectivos de organizaciones feministas y género que, una vez más a fuerza de militancia y lucha, han puesto blanco sobre negro en esta coyuntura con los incontrastables argumentos y posicionamientos ya sabidos, de los cuales no ha faltado más que UNO para colgarse  y “aggiornarse” al “buen decir”, o sacar a destajo toda la furiamisógina.

Quien escribe no intenta pararse desde ese lugar de “hay que escuchar las dos campanas”, cual juego de contra cara o contrapunto.

Pero resulta que al parecer este es el saldo del debate que se instaló en la agenda mediática y de opinión: un sector de clase de nuestra sociedad, digamos la clase media universitaria, instala, con sus propios debates, sus intereses a cuestiones que son, en el fondo, de ese abstracto colectivo que llamamos la sociedad.

Pero no podemos dejar de decir o bosquejar, hasta intuitivamente, que este debate se construyó y sostuvo en torno a una misma lógica y que el saldo arrojó una moneda al aire que resultó tener dos caras distintas, pero que siguió siendo la misma moneda aún en ese repicar y redoblar en el suelo: los que dijeron que no por la tradición “gymnasista”; los que dijeron que si por la misma tradición.

¿De quién es la tradición, de quién es el debate?  ¿Es ese el debate?

Pareciera ser que el debate social al que asistimos se discutió sólo dentro de los cánones, pautas y escenarios, simbólicos y reales, de las escuelas universitarias, es decir, de la universidad misma. Como quien te invita a una fiesta pero te aclara que la invitación es para después de las doce, o peor, después de la una.

¿Esta coyuntura debería alertarnos a todos y todas en este sentido?

Quizá es posible pensar que la Universidad, tucumana, con la escala que esa palabra determina en lo histórico, en lo simbólico, lo cultural  y  en el territorio, deviene en una entelequia que encuentra sus propios límites y rechazos en otro devenir más potente aun: el de las tensiones que se disputan en el campo de la cultura, en las prácticas cotidianas  y  las luchas colectivas y populares en el sentido más legítimo de la palabra pueblo.

Ajena históricamente a estos procesos, la Universidad, con el legado a cuestas de la reforma del ’18, osciló en la historia nacional al vaivén de la golpeada democracia argentina, consolidando, en la pos dictadura y los años noventa, un modelo y un paradigma neoliberal que posiciona y agranda la distancia en la relación Universidad – Pueblo.

Esta distancia resulta horrorosa cuando se erige y se atribuye a sí misma un discurso de cierta asepsia política: la vanguardia “pensante” de la sociedad, de ética y moral incuestionable.

Diría Foucault, en el discurso de saber hay un discurso de poder. Lo simbólico establece una distancia, la pauta, la construye en escenarios  y prácticas concretas: el de las relaciones sociales y sus clases.

En el año 2002, se hizo en Tucumán una conferencia sobre educación de la cual participó el Ministro de Educación Superior de Cuba. El mismo, reflexionaba sobre una situación que en las universidades cubanas alertaba a la Revolución de problemas en torno a las oportunidades y desigualdades  en el acceso a la educación superior. En el análisis habían concluido que año a año se acrecentaba el número de ingresantes a la educación superior que sólo provenían de familias de padres universitarios, es decir, se estaba gestando una “tradición y práctica” que, por determinadas circunstancias, acotaba notablemente el acceso a otros sectores de la población.  Al resultar un efecto inesperado esta situación significaba  una contradicción y un problema para la Revolución. Por lo que empezaron a diseñar políticas estratégicas para contrarrestar esta tendencia.

Sin querer abrir una discusión sobre el sistema cubano y agitar cualquier suspicacia, sirve este ejemplo para graficar lo que está consolidado en décadas en nuestra provincia y en el país.

Siendo generoso con los números y con los datos que deberían actualizarse, sólo alrededor del 2% o 4% de la población tucumana accede a estudios universitarios superiores públicos (las universidades privadas han crecido en oferta y matrícula con un fuerte impacto pero no significan, aún, un peso relativo de importancia en los porcentajes generales).

Si a ese porcentaje le restamos la afluencia de estudiantes de otras latitudes vecinas, estaríamos hablando de un número muy reducido de la población que accede a la universidad. Y si a estos números reales podemos discriminarlos en las proporciones de los sectores de clase que acceden a la Universidad, nos estaríamos encontrando con cifras apabullantes.

Otra atención importante merece la cuestión político/pedagógica en tanto se refiere a los puntos de partida, igualdad de oportunidades y las enormes desigualdades en las trayectorias educativas a nivel primario y secundario entre la Educación Pública, la Educación Privada y la Educación Media Universitaria.

Otro punto que suma a la complejidad de la cuestión es el elevado porcentaje de facultades que cobran aranceles encubiertos a modos de derecho de inscripción, bonos contribución, tasas por mesas de examen o trámites administrativos. Abrumaría saber que las formas de pago son idénticas a las de cualquier pago de servicio, mediante débito o cuenta bancaria. Forma y contenido son la misma cosa, aun cuando desde octubre de 2015 el Congreso de la Nación (no sin oposición) modificó la nefasta y neoliberal Ley de Educación Superior del menemismo (LES) y garantizó nuevamente la gratuidad de la Educación Universitaria.

Pero si estos han sido los planes “noventistas del imperio” para nuestras universidades y nuestra educación, no menor es el apoyo y aceptación, explícito u omiso, de la comunidad universitaria.

Podríamos hablar de una matriz cultural en el seno de la misma que bajo ese discurso aséptico torció la concepción de Autonomía Universitaria para crear lo que estudiosos denominaron la “isla democrática”. Sobre todo cuando entraron en disputa las vanguardias de los pensamientos nacionales que promediaron el siglo XX en nuestro país.  Antecedentes de ello fue la disputa entre la educación laica o libre en el año 1958, la noche de los bastones largos en 1966, y la larga y sangrienta noche de la dictadura militar de marzo de 1976. Herencia que aún nos cuesta cara para vislumbrar mejores horizontes.

Ahora, ¿son ajenas a este proceso y fenómenos las escuelas medias, “experimentales de la universidad”? ¿Qué papel les toca o juegan en todo ello?

En este sentido, no es necesario ahondar mucho para inferir que la matrícula anual de ingreso de todas las  escuelas universitarias  podría llegar apenas a los cuatro dígitos. El caso paradigma es del Instituto Técnico, en San miguel de Tucumán,  al cual accedían históricamente, mediante tres exámenes de ingreso, 90 alumnos por año.

Si uno toma ese número pensando en las cinco escuelas de la U.N.T., podríamos aproximarnos a estos dígitos.

Y, como para entender la segregación, en las escuelas de la universidad, con cierto escalafón interno, es en donde más puede connotarse que mayoritariamente sólo acceden alumnos y alumnas que provienen de hogares con padres universitarios. Otro dato es que en la mayoría de estas escuelas son elevadísimos los porcentajes de docentes que son egresados de la misma.

El camino de las escuelas universitarias es un camino a la universidad y con ello, a desarrollar y ocupar en un gran porcentaje los lugares de las profesiones liberales que acceden mayoritariamente a cargos jerárquicos, ya sea en el Estado o en la actividad privada, con proyectos de importante envergadura económica. Pero también a participar en política, a militar, a acceder a las artes y las ciencias. Los recursos simbólicos de los que podría referenciar Bordieu. Todo esto podría resultar un gran tema a debatir sobre qué profesionales está formando la universidad y cuán lejos o cerca  estamos del preámbulo del estatuto universitario.

No hago valoración de esto sino que intento poner en discusión y en contexto elementos que resultan contundentes para pensar a las Escuelas de la universidad dentro de la concepción pública de la educación.

Hacia adentro, las escuelas universitarias albergan un sinnúmero de prácticas y acciones dignas de observar: autodiscliplina, ciertos niveles de participación y protagonismo político, movilidad social,  flujos de conocimiento en distintas direcciones, actividades de contención y desarrollo personal, acceso a los bienes culturales. Pero siempre enmarcadas en ese micro mundo que es la universidad, no suceden sino dentro de sí mismo, consolidando en nombre de la tradición un modo de ser que pone una distancia y ajenidad con el mundo inmediato.

Sin poner en juicio esto, no es el motivo de este texto, se podría decir que cada vez que se han visto “atacadas” estas tradiciones, desde los valores democráticos que supone cualquier sociedad contemporánea, la universidad ha respondido desde la tribuna más conservadora y atrasada, desde la que se sostiene esa “isla” democrática en nombre de la tradición.

Ejemplo de esto se ha dado en el 1999 o 2000 cuando se puso nuevamente en discusión la cuestión del ingreso irrestricto. Los docentes, los egresados y los padres de los alumnos del instituto técnico movilizaron a estudiantes y alertaron sobre el peligro de poner en riesgo el mentado discurso de la excelencia académica. Hace poco más de una año, fue la Escuela Sarmiento con el ingreso de varones. Otra vez la tradición.

Y esta vez, el escalafón mayor con el rechazo del ingreso de mujeres al Gymnasiun Universitario.

Párrafo aparte merece el análisis de cierto uso de prácticas democráticas que, por sí solas, no significan una virtud en sí misma. Caso de las asambleas de los estudiantes, por la que el solo hecho de hacerla ya justifica un fin democrático y legitima cualquier acción, como “decidir” que no ingresen mujeres.

Pero lo más lamentable y preocupante es que esto ocurre al amparo de los adultos que conducen o son parte de la institución, en los debates de adultos, donde nada se ha dicho de democratizar esta isla que es la universidad y sus escuelas.

En términos concretos “el saldo es la resolución del consejo y ya. Palo y a la bolsa y al que le guste bien, y al que no a llorar la leche” se escuchó decir.

Y si, es así.

Podríamos pensar que la universidad en su conjunto está siendo superada por los hechos culturales y políticos. Por la misma práctica de la cultura que se disputa incansablemente también.

Estos hechos no debieran tomarnos por sorpresa, pero a fin de cuentas es un dato de la realidad.

En un país o territorio donde las injusticias y desigualdades asustan, es buen momento de mirar  la cancha. En un momento donde los discursos se alinean y se “colocan” en contexto de un gobierno que  ve como un logro que cada día haya un pibe más preso, que ningunea el número de desaparecidos de la dictadura, deberíamos alertarnos del rebote y amplificación que tienen estos planteos en los espacios educativos.

Al cierre de esta nota un desaparecido nuevo en democracia nos mira desde una foto y una mujer trans es asesinada a golpes en nuestra provincia por la violencia misógina y machista.

Solo pienso en tanto, cuánto y cómo estos hechos atraviesan a la universidad y sus escuelas, a las cosas que allí se estudian y se aprenden, se critican y se cuestionan.

O abrimos los claustros sin tapujos, sin exámenes, sin centralismos, sin tradicionalismos, sin sexismos. Patear el tablero. O, inexorablemente, la isla va a seguir en el Que Chúmbale, Que El Alerón, Que Chécale.

Seamos realistas soñemos lo imposible. Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro, dicen las banderas. No es un decir alegórico a lo inevitable, sino a la práctica social misma que resiste ante las injusticias y desigualdades.

Entonces, quizá si podremos imaginar que  la Universidad se pintará de negro, de mulato, de obrero, de campesino, de mujer, de gay, de lesbiana, de travesti, de indio, de villero, de lo que sea. Sino que se prepare para aflojar las bisagras, que aún a cuestas de discriminación, tragedia y dolor, el pueblo, romperá las puertas y él pintará la universidad con los colores que le parezca.

Diría Tejada Gómez: “hay que dar vuelta el tiempo como la taba, el que no cambia todo, no cambia nada”.

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